Europa desde las aulas

En su novela “El mundo de Sofía”, el autor noruego Jostein Gaarder cuenta cómo una mañana la madre, el padre y el pequeño Tomás, de tres años, están sentados en la cocina desayunando. De repente, el padre empieza a flotar bajo el techo mientras su hijo se le queda mirando. “¡Papá está volando!”, señala sorprendido, aunque papá hace tantas cosas curiosas que un pequeño vuelo por encima de la mesa no cambia mucho las cosas para Tomás. En cambio, a mamá se le cae el frasco de mermelada y grita de espanto. Las diferentes reacciones tienen que ver con el hábito: la madre ha aprendido que los seres humanos no saben volar mientras Tomás sigue dudando de lo que se puede y no se puede hacer en este mundo.

En efecto, los niños poseen la capacidad de sorprenderse por todo, pero sus mentes abiertas y libres de prejuicios permiten asentar en ellas nuevos conceptos y explicaciones de la realidad con relativa facilidad. Es ahí donde radica la vital importancia de la educación recibida en las etapas primarias de nuestro crecimiento. Los valores que las nuevas generaciones aprendan hoy de sus adultos son los que imperarán en la sociedad de mañana y sostendrán los retos que esta deba plantearse.

El pasado viernes, los Jóvenes Europeos de Lyon visitamos el colegio Aveyron, en el barrio de la Croix-Rousse, para acercar el proyecto europeísta a los pequeños de diez años dentro de la actividad bautizada como “Europe à l’école”. Llamó mi atención, sobre todo, el interés y la predisposición a aprender que mostraron desde el primer minuto que compartimos con ellos en el aula. Nos dirigían curiosas preguntas sobre por qué algunos países del territorio europeo han decidido no pertenecer a la Unión, cuál es el himno de esta o por qué son doce las estrellas que conforman su bandera, y me gustó especialmente que lanzasen sus inocentes y divertidas hipótesis al respecto. Nos transmitieron su entusiasmo cuando, mediante un juego, pusimos a prueba su habilidad para retener algunos datos que les habíamos ofrecido, y al finalizar la sesión se despidieron cariñosamente de nosotros, agradecidos.

En un momento de extensa crisis económica e institucional como el que atravesamos, en que el discurso euroescéptico e incluso xenófobo prospera peligrosamente en ciertos países de nuestro entorno durante los meses previos a unas elecciones determinantes para la Unión Europea, encontramos más necesario que nunca salir a dar una explicación sólida y coherente sobre la misma, reafirmarnos en su utilidad y relevancia y desmentir a las voces que pretenden actuar como freno en su evolución. En primer lugar, ante quienes serán los futuros responsables de alimentar esta iniciativa y profundizar en nuestra arriesgada convicción. Resulta más complicado ejercer la pedagogía entre las generaciones nacidas a mediados del siglo XX, cuando el sueño europeo no era más que un tímido embrión, que pueden verse ahora tentadas a interpretar la UE como un invento ajeno abocado al fracaso y para cuyo rechazo existen sobrados motivos. La visión conservadora y egoísta que nos invita a situar la raíz de nuestras dificultades, paradójicamente, en la eliminación de fronteras con otros estados miembros, se presenta como una amenaza para la consolidación de un proyecto valiente, democrático e inclusivo.

Llegará el día en que, pese a la acción de sus detractores, podremos sentirnos aún más orgullosos que ahora de los frutos de esta semilla sembrada hace décadas por quienes apostaron firmemente por una idea: es mejor unir que separar. Como la madre de la historia de Gaarder, aquellos que sigan sin confiar en la fortaleza de lo común gritarán espantados viendo cómo el espíritu europeísta sobrevuela los diversos nacionalismos, y será ese niño al que hoy nos dirigimos quien, habiendo aterrizado en el mundo como ciudadano europeo y conocedor de las ventajas y compromisos de serlo, sonreirá y sencillamente señalará sorprendido: “¡Europa es federal!”

Aunque la humanidad hace tantas cosas curiosas…

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